13 julio, 2006

San Fermines

Estamos en plenos San fermines. Cuando llego por las mañanas al curro, paso por el bar de abajo a echarme un cafelillo con un cigarro. Y se puede observar a toda la clientela del bar con la boca ligermente abierta y sin prestar mínima atención a sus consumiciones. Todas las miradas se concentran en un punto del bar. Sí, ese punto, el televisor. Están los mozos y no tan mozos con periódico en mano pidiéndole a San Fermín que les guíe en el encierro. El bar en cuestión a esas horas, la única mujer que entra soy yo y las camareras, claro. Me daría lo mismo entrar en pelota picada que nadie se daría cuenta. Llego, me pido mi cortadito y me quedo con la misma cara de panoli que el resto del bar. Atenta mirando el televisor y concentrada para salvar con el poder de mi mente a cualquier incauto que se aproxime peligrosamente a un toro de esos. Es genial! No hace falta hablar.
Hace años parábamos de trabajar justo antes de que empezaran. Nos preparábamos los cafés, nos encendíamos el cigarrillo y ahí a ver como corrían. Y después al tajo otra vez. Ya lo he tomado por costumbre. Una costumbre genial porque yo no me podré ni harta de vino delante de un morlaco de esos, pero verlo por televisión con el cafelillo y mucho sueño en el cuerpo me gusta mucho.